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El siguiente texto ilustra de manera contundente la manera cómo funciona el mundo de comidas y bebidas en la ciudad. Donde por más que los dueños, bueno la mayoría, se esmere por ofrecer además de una buena carta, un buen servicio que va desde la presencia de los meseros hasta como te llega el vaso de cristal a la mesa, hay establecimientos que dejan mucho que desear en estos aspectos. Como una manera de dar a conocer que la ciudad no es el paraíso que pregonan publicamos esta reseña de la sección El Caldero del periódico El Tiempo.

El caldero / El Celler: buena cocina, pésima atención Me habían hablado tanto de El Celler que me había ilusionado. Porque la verdad es que me entusiasmo como niño cuando sé que voy a conocer un restaurante que propone un nuevo y revolucionario concepto gastronómico o cuando alguien trae al país una muestra representativa de una cocina lejana y hasta entonces desconocida. Sí, me gustan los buenos restaurantes, y eso esperé encontrar en El Celler: me lo habían presentado como uno de los mejores del Caribe y el lugar de moda en Barranquilla, al que muchos gourmands le hacen viaje. En algo tenían razón: se come bien.

Pero se equivocan quienes piensan que un buen restaurante sólo requiere de una buena cocina. Es tan mala la atención que es difícil apreciar sus otras virtudes. Y, por supuesto, imposible disfrutar ese rato por el que hay que pagar una suma nada despreciable. Si no fuera porque ya utilicé alguna vez el título 'Manual de mala atención', no dudaría en usarlo de nuevo. Además del permanente abandono en el que dejaron mi mesa -y las mesas que me rodeaban- los meseros trabajan con un desgano que llega a los límites de la grosería.

Como si fuera poco, cometieron un pecado imperdonable para un restaurante que se levanta en el paraíso de las frutas: el jugo de mandarina sabía a naranja Postobón. No era natural. El mesero trató de tranquilizarme diciendo que el sabor extraño debía ser el de los conservantes de la pulpa que utilizan. Mero en su punto Dije, eso sí, que se come bien. Traté, por un momento, de hacer caso omiso al mal servicio para disfrutar unos pimientos del piquillo que me condujeron a un restaurante madrileño que adoro, en la calle Amor de Dios. Tenían esa rara virtud de concentrar todo el sabor en un solo bocado sin perder su delicadeza.

Los que comí estaban rellenos de mariscos al curry sobre una salsa de tinta de calamar. Luego vino un mero en un punto maravilloso. Hacía honor al dicho: "Del mar el mero y de la tierra, el cordero". Tal vez le sobraban sabores en la salsa y el puré que lo acompañaba: tomates secos, langosta, chorizo, sidra... Pero estaba bastante bien. La carta tiene tentaciones de alto nivel: carpaccio de magret de pato, morcilla rebozada con manzana, cochinillo, rulos de costilla... lástima que para disfrutarlas haya que aguantar tan mala atención. Por Sancho

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