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Jose Eugenio Macias II

20 de agosto de 2016
Esta es la segunda entrega sobre nuestro héroe, José Eugenio Macías, donde se narra su llegada a la casa paterna.
Estos son apartes de una investigación realizada y que quiero compartirles. El texto se tomo de La Estrella un diario del siglo pasado de la Ciudad de Panamá. Se transcribió literalmente con los giros y ortografía de ese momento. Por Joaquin Batís.  
I. La Cruz vieja
II. El encuentro i el Hogar paterno
Entonces aquel intrépido guerrero educado en la escuela de Urdaneta, Girardot, D’Elhuyar, Velez, París, Ricaurte i otros prelaros caudillos en la pasada campaña de Venezuela de 1813, inspirado como ellos por el sacro fuego de la libertad resolvió conservar su existencia á todo trance. El peligro que le amenazaba era inminente; estaña en medio de un país cuajado de enemigos, y de un momento á otro podía ser aprehendido i fusilado sin fórmula de juicio. La gloriosa mutilación que acababa de sufrir, vertía un torrente de sangre; i por eso, al retirarse, envolvió cuidadosamente su mano en una pieza de su vestido para que ella, vertida por causa tan noble, no dejara rastro que pudiera denunciar á los satélites del tirano, la senda desconocida que lo debería conducir á lugar seguro. Adoptada tal precaución, emprendió su marcha para el cercano monte con esa serena confianza propia del verdadero valor.

Acostumbrado a las fatigas i peligros de la guerra, aguantó emboscado en la cercanías del pueblo á que pasase el primer tumulto i confusión en que ya estaba produciendo la escena anterior. Oyó, que en efecto, se le perseguía, en diferentes direcciones; mas al cabo de algunas horas, sintió que los perseguidores regresaban desesperanzados, i como ya era una hora avanzada en la noche, resolvió tomar el camino directo á Barranquilla aunque para ello tuviera que adoptar las peligrosas precauciones que exigían su estado de invalidez i de perseguido Insurjente. Por consiguiente; sus jornadas no podían ser sino de noche, ocultándose en el bosque á cada ruido que sentía, á fin de evitar una sorpresa del abundante espionaje del enemigo.

La noche era tenebrosa, circunstancia que favorecía su tránsito, pues el terror alejaba de los caminos públicos á todo viajero que no fueran grupos de soldados en vía para el Cuartel general de Palenquillo, donde Morillo se había establecido provisionalmente al principiar el memorable asedio. Con tales precauciones, el Héroe, debilitado por la pérdida de sangre, marcho el resto de la noche, no sin detenerse algunas veces para contener la abundante hemorragia de su reciente herida, y así le continuo hasta que el sol volvió á aparecer en el oriente.

El nuevo día de triste i peligrosa peregrinación transcurría sin otra novedad que la de la inflamación i fiebre que ya principiaba á desarrollarse por efecto de su dolencia cuando sintió ruido por el bosque, como de personas que se acercaban; pusose en observación i pudo distinguir un grupo de Indias que cargadas de sus inocentes hijos lloraban por sus esposos i deudos muertos entre las llamas del heroico pueblo de Malambo que había osado resistir el tránsito del monstruo Morales, pocos días antes. Aquellas infelices, sin hogar, condenadas á la dispersión por los verdugos de su raza hacía mas de tres centurias, buscaban como Macias un asilo seguro, dónde escapar de su tradicional ferocidad.

Con el crepúsculo de la tarde, la fiebre é inflamación de las heridas del Mártir se aumentaron de una manera alarmante. Sus sienes latían horriblemente í su brazo le parecía tan pesado que apenas podía continuar su peligrosa marcha; no obstante tales sufrimientos, el veterano nutrido ya en más de dos años de cruda campaña con las fatigas i miserias del soldado en la primera época de la Independencia, continuaba su marcha, so pena de perecer en el desierto victima de la gangrena, ó del odio de los tiranos, si se daba á conocer á algún estraño.

Faltábanle aun siete leguas para llegar á la casa paterna, i apenas había andado pocas millas en seis horas de penosa marcha. La noche era lluviosa i oscura, i ya una de sus horas avanzadas, cuando oyó el paso de un jinete que se le acercaba; ocultóse con la prontitud que le permitía su estado de agudo sufrimiento. Era tiempo; su vista se nublo i al desplomarse sobre el húmedo fango, le pareció oír una voz muy conocida que esclamaba ¡Santo Cristo de la espiración!...... ¡Padre! contestó maquinalmente el infeliz perdiendo completamente el conocimiento.

Serían las cuatro de la mañana de la noche anterior, cuando un hombre tocaba con suma discreción la puerta de la casa pajiza del callejón de la Prensa, que se ha mencionado al principiar este relato, i al abrirse aquella instantáneamente, apareció una Señora en el dintel, á quien el que tocaba dijo con voz imperceptible. “Aquí tienes” “tu hijo gravemente herido”, introduciendo á la vez dentro de la casa á otro hombre que le acompañaba.

Cómo ha podido suponerse, las dos personas que tan misteriosamente se hablaban no eran otros que Orencio Macías i Paulina de la Cueva, padres del mutilado de santa Catalina, que acababa de entrar en su honrado hogar, i quienes habían recibido rápido aviso de la desgracia i peligro de su primojenito, transmitido por uno de los presos que el heroísmo de aquel había libertado. Con la infausta nueva, el afligido padre, midió de lejos, toda la extensión del peligro en que se encontraba su amado hijo, i voló a prestarle los últimos consuelos de los condenados, si aun era tiempo, ó á salvarlo del patíbulo, que le aguardaba con seguridad, si había logrado escapar de los sicarios, i no se ponían todos los medios imaginables de sustraérselos a su insaciable sed de sangre americana. Ya se ha visto el modo prodijioso con que por una esclamacion piadosa de familia pudieron reconocerse Padre é Hijo por entre la oscuridad de la noche i en medio de la soledad del bosque.

Después del asedio

El 30 de Abril del año de 1816 un lúgubre crespón cubría toda la estinguida provincia de Cartajena. Después del horrible para siempre inmortal 3 de Diciembre del año anterior, en que puso término á la íliada granadina el sacrificio de los egrejios defensores i habitantes de la ilustre ciudad; sacrificio solo comparable al de los de la antigua Sagunto, prefiriendo perecer ántes que someterse al tirano; cuando ya los patíbulos de los mártires habían complementado el terrífico drama del feroz pacificador, i aquella barbará hecatombe borraba para siempre la responsabilidad personal de las grandes faltas contra la Patria cometidas por aquellas victimas de su educación como colonos de un gobierno despótico, una calma siniestra como la que presajia las grandes tempestades se hacía sentir en todo el país. Los satélites del tirano andana por todas partes, altivos i amenazadores, esparciendo el terror mas severo sobre todos los pueblos, particularmente sobre aquellos que como Barranquilla, había dado pruebas de una decisión bien terminante para sacudir el yugo de España.
Debe aquí mencionarse, que dicho lugar, no había sido mui del agrado de los peninsulares, aún ántes de la guerra, pues a pesar de su importancia por el numero de sus habitantes, i su indisputable ventajosa posición geográfica i tipográfica, había mui pocos de ellos residentes en él, prefiriendo radicarse en los vecinos de Soledad i Sabanagrande; i por consiguiente, cuando después de la reciente lucha se evidenciaron los hechos, apareció, que ciertamente tenían sobrada razón para redoblar su animosidad contra sus siempre patriotas laborioso vecinos.

Realmente en la lucha de esterminio que acaba de terminar, Barranquilla había sido notable por sus sacrificios a favor de la Independencia. Ella había aprontado con decisión i denuedo los recursos de soldados i fuerzas sutiles que en noviembre de 1813 sometieron al mando de Labatud, los pueblos de la banda oriental del bajo Magdalena, fortificados por los realistas de Santa Marta; i en el de 1815, sus habitantes habían hecho una gran resistencia á la espedicion, que en abril del mismo año, mando desde la misma ciudad el español Montalvo, Capitan general de la plaza, al mando del teniente coronel Capmani i en la cual tomaron parte mui activa hasta las matronas del lugar, por cuyo razgo espaciata, después de ser ocupada á viva fuerza, tuvo que sufrir las mayores crueldades de parte de los soldados del tirano, (1)

Tales sucesos como es de suponer habían exitado hasta lo infinito, la odiosidad de los déspotas contra el pueblo; así es, que era blanco de persecuciones i de un espionaje tan activo, que la vida era insoportable, particularmente á los hombres que como nuestro héroe estaban ocultos de sus miradas i que deberían secundar la lucha heroica que bien pronto emprenderían los valerosos campeones refugiados en Casanare, i que al través de hechos que constituyen una de las mas brillantes epopeyas del mundo, harían resonar el grito de victoria en el campo de Boyacá.

Entre tanto, el Héroe de nuestra historia había permanecido rigurosamente oculto en el cuarto de la casa paterna. Los 108 días del terrible asedio los había pasado curándose la grave herida recibida en Santa Catalina, cuya asistencia médica recibía de su digna madre, teniendo por únicas asistentas sus jóvenes hermanas. No obstante su rigurosa clausura, las noticias de lo que pasaba ánte los sagrados muros llegaban hasta él, i su vida condenada á la inacción, era un prolongado tormento entre la esperanza i la desesperación. Por fin, un lúgubre grito de agonía por una parte, i el aullido destemplado de triunfo de las hienas por otra, se dejo oír hasta en los mas apartados rincones del país.

Cartagena, la gran Mártir, había sucumbido, i sus habitantes víctimas de las balas i de los asesinatos del vencedor, del hambre i de las olas Caribe, levantaban un monumento imperecedero en los fastos de la guerra Magna; monumento glorioso que el buril de la historia tiene ya reconocido: no obstante, que su inflexibilidad tiene que admitir también, que las desdichas sufridas por aquellas nobles victimas, i aun la perdida completa de la primera Patria, se debió principalmente, al egoísmo miserable de sus jefes, cuando malgastaban los recursos, que no le pertenecían, en fomentar la mas torpe de las anarquías. Ante un desastre de tanta magnitud nuestro Héroe no perdió su fe un solo instante por la causa sagrada de la Patria. Confiaba en la providencia para su triunfo inmediato, i desde el oscuro rincón de la alcoba paterna desesperaba aun no llegara el momento de coadyuvarlo enérjicamente.

________________
(1) Entre las innumerables matronas que se distinguieron en esa ocasión deben mencionarse los nombres de las barranquilleras: Benedicta Vargas, Maria Josefa Cardenas, E. Cantillo, Ursula Puente, Juliana Miranda, A, Barros, Juana Altamar, Eulalia Perez, Maria Josefa Gutierrez i Concepción Martines quienes acaudilladas por los patriotas Celedon Perez, Pedro Pablo Paez, Nicolas Magué, Blas Camargo, Luis Cantillo, Nicolas Camacho, i Blas Ochoa condujeron los cañones al fuerte del Chuchal i acarreaban los pertrechos a los samarios mandados por Capmani.

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