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Jose Eugenio Macias - III

14 de septiembre de 2016

Tercera entrega sobre nuestro héroe, José Eugenio Macías. El texto se tomo de La Estrella un diario del siglo pasado de la Ciudad de Panamá. Se transcribió literalmente con los giros y ortografía de ese momento. Por Joaquin Batís.  

I. La Cruz vieja
II. El encuentro i el Hogar paterno

III - La Emigracion

Con la caída de Cartagena poca ó ninguna esperanza quedaba a los patriotas de poder vivir con seguridad bajo el régimen despótico de los pacificadores. Los ménos comprometidos en la causa de la independencia podían llevar una existencia miserable llena de mortales zozobras por la continua amenaza de los satélites de la tiranía. El denuncio por la menor sospecha estaba a la orden del dia, i á esta seguía regularmente, los mas crueles castigos; i para colmo de desgracia, entre sus mas barbaros perseguidores, no solo figuraban los peninsulares, sino algunos hijos del país, los cuales para hacerse la confianza de los opresores exajeraban su vil celo por la causa del rei, delatando a sus compatriotas ante las autoridades militares esparcidas por doquiera, i aun dirijiendose a los altos funcionarios del Virreinato.

Nuestro Héroe, como era de esperar, no podía sustraerse á la suerte común de sus compatriotas. Sus compromisos para con la causa de la Independencia éran mui serios para no temer por su vida; así que estaba condenado á la mas rigurosa reclusión, no obstante estar sano ya de sus heridas en Santa Catalina.

Como una precaucion contra el espionaje se le hizo pasar en público como muerto por su familia; sin embargo, algunas visitas misteriosas de patriotas toleradas solia recibir, por las cuales se ponía en comunicaciones con otras víctimas ocultas de la persecución. Una de esas comunicaciones misteriosas era la de su amigo intimo Manuel Garcías1 con cuya ayuda al fin, pudo conseguir trasladarse a Kingston, en la Isla de Jamaica.

En aquella ciudad se le esperaban otra clase de sufrimientos.

Los horrores del ostracismo en una colonia inglesa de aquella época tenían que ser amargados por el desprecio i desamparo de una gran parte de su comercio, que era partidario de los españoles. en efecto, el pueblo inglés, que en sus capas sociales superiores es una de las glorias de la civilización cristiana por que sus simpatías i protección positivas a favor de los perseguidos políticos de todas las causas nobles le han enaltecido en todo tiempo, en sus capas inferiores se deja dominar por la influencia del tanto por ciento de un modo tan cruel, que cualquiera diría no ser estas, parte del gallardo pueblo británico, sino se comprendiera a la vez que esa conducta bárbara está sujeta al movimiento de reacción que con mas ó menos cortos intervalos se hace sentir de mas alto. Este fenómeno parece ser un defecto de raza, por que nosotros hemos visto con asombro cuanta simpatía tenia la ciudad de Nueva York el año de 1860 por los rebeldes del Sur, en términos de que uno de sus principales periódicos “El Herald”, llamaba, al inmortal Lincoln imbécil, i abogaba ardientemente por vergonzosos arreglos con los rebeldes traficantes de carne humana, todo por no perturbar la mancha beneficiosa de los negocios.

Bajo un orden de cosas de tal naturaleza, el desamparado Patriota que llegaba á la isla, si es verdad que por parte de las autoridades públicas de le dispensaba protección, por la del mercantilismo i de los traficantes de la esclavitud que aún existía entonces en las colonias británicas2 constituyendo la mayoría del país,era objeto de las mas marcada ojeriza.

Nuestro héroe, pues, tuvo que sufrir las mas crueles escaseces; el hambre i desnudez le cortejaban con frecuencia. Los españoles traficaban con la isla activamente para proveer a Cuba i Puerto Rico de las manufacturas europeas, pues todavía no estaba bien restablecido aquel continente de los efectos de la guerra con Napoleón. El trafico, por consiguiente, dejaba grandes beneficios, por que la marina inglesa era prepotente i sin rival en los mares, asi es que para el comerciante de la colonia, el Insurjente era un vil revolucionario, i el español objeto de todas la mayores consideraciones i protección. Entonces fue que en Kingston tuvo lugar el atentado de asesinato contra el inmortal Bolívar, cuya preciosa existencia se preservó por un rasgo prodijioso de la providencia a favor del Héroe.

Ya habían transcurrido tres años de ostracismo envueltos en miserias i esperanzas para los infelices asilados; ya una nueva aurora de libertad para la patria se hacía sentir; el ruido de las armas libertadoras en el continente se oía en la colonia inglesa i alentaba el espíritu republicano de los ilustres desterrados; i ¡cosa extraña! los mismos colonos ingleses tan adversos i descorazonados poco antes por la causa de la Independencia i para con aquellas víctimas de la tiranía, se mostraban mas generosos en ideas i procedimientos en términos bastantes lisonjeros para los que poco antes fueran objeto de atroces sarcasmos i de inhumano desprecio ¿Qué había podido producir la metamorfosis?

Era que los ínclitos caudillos de Casanare i otras partes del continente habían empuñado nuevamente las armas; no ya de una manera defensiva como le hicieran durante el periodo de la pacificación, sino con la firme resolución de morir como libres ántes que tolerar por mas tiempo á los tiranos de su patria. Santander, el hombre de fé inalterable de principios; Páez, el Genio de la victoria que debería asombrar pronto al mundo con rasgos de valor sublimes, con otra pléyade de héroes de renombre inmortal, conducían á la homérica lid á los hijos del pueblo, i se ponían bajo el mando de de Aquel predestinado por Dios para dar la Libertad á su patria, i afianzar con la victoria de Ayacucho, su merecido titulo de Libertador i padre de cinco repúblicas.

Era, pues, que el ruido de la gloriosa lucha había cruzado los mares en álas de la fama, i que la parte escojida del valeroso altivo pueblo inglés, que se ha mencionado antes, hacia las primeras demostraciones a favor de la independencia i preparaba el espíritu público para mas tarde por medio de su admirable parlamentarismo imponer el deber a sus gobernantes de espedir la célebre declaratoria del ministro Canning reconociendo la Independencia de Colombia, (2 de enero de 1825)

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1) Padre del actual Capitán de uno de los remolcadores de las bahía de Sabanilla. El hijo lleva el mismo nombre del padre.

(2) The England Abolition Bill. 1833

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