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Una diplomacia para el Caribe

19 de septiembre de 2011

Confundimos Costeñidad con Caribeñidad y así vamos por la vida, disfrazados de algo que no somos. Nos embermudamos, sandalias y camisas apalmbeachadas y nos creemos los putas – q no falte el sombrero vueltiao – los mas Caribes de todos y nunca nos hemos atrevido con un Rundown o beber un ron jamaiquino, creo que ni navegar sabemos. Y así. Traigo esto a colación leyendo esta columna escrita por Socorro Ramírez que nos habla de la representación que tiene nuestro país con las islas de aquí enfrente. 

La mayoría de países del Caribe tiene carencias en sectores en los que Colombia tiene fortalezas.

Colombia no ha tenido política ni diplomacia adecuada hacia el Caribe insular. En esa región, el país solo tiene tres embajadas. Por fortuna, se anuncia la reapertura de la sede en Trinidad y Tobago. Por Cuba han pasado buenos embajadores, pero esta es la primera vez que nos representa un caribeño y, además, "caribeñólogo". La embajada de Jamaica ha sido ejercida en varias ocasiones por competentes personalidades de la región. En cambio, los nombramientos en República Dominicana han sido incomprensibles.

Los últimos embajadores en Santo Domingo no solo desconocían la región y el país, sino que, desde su nombramiento y hasta su renuncia, enfrentaban cuestionamientos por presuntos vínculos con paramilitares. El ex gobernador del Cauca Juan José Chaux, luego de que Holanda lo rechazara, ocupó la embajada hasta su obligado regreso a Bogotá para atender las acusaciones que lo han llevado a juicio por "agravado concierto para delinquir". Lo reemplazó el general (r.) Mario Montoya, enviado allí tras el escándalo de los "falsos positivos"; el alto oficial, según los medios, ha tenido que regresar para responder ante la justicia. Tras dejar el cargo de comandante de las Fuerzas Militares, al parecer lo reemplazará el almirante (r.) Édgar Cely, pero no se ha explicitado el sentido de su posible nombramiento.

Un servicio exterior concebido como premio para los amigos del Presidente, los parientes de políticos o los funcionarios que son removidos de su cargo no es diplomacia. Es corrupción o clientelismo. Y tiene un costo impagable para las relaciones del país. Peor aún cuando la diplomacia se les confía a personajes que afrontan problemas con la justicia.

Colombia debe nombrar personas intachables, conocedoras de la región y capaces de concretar oportunidades para el país. Se echan de menos voces que, desde la costa y el archipiélago, sustenten candidaturas idóneas -por ejemplo, para la nueva embajada en Trinidad y Tobago o para la secretaría general de la Asociación de Estados del Caribe- y propuestas para la construcción de una verdadera política grancaribeña.

En el pasado se hizo una experiencia interesante y exitosa. El gobierno de César Gaviria amplió el número de representaciones de Colombia en el Caribe y, bajo los nuevos aires de la Constitución de 1991 y a petición de los isleños, nombró a cinco profesionales de San Andrés y Providencia como embajadores en Jamaica, Trinidad y Tobago, Barbados, Guyana y Belice, y a dos más como cónsules en Vancouver y en Bluefields. Su experticia, sus iniciativas, el creole y otros rasgos culturales compartidos con algunos de sus anfitriones y pares caribeños generaron relaciones estrechas que abrieron oportunidades para Colombia y sus islas, además de facilitar importantes negociaciones limítrofes. Su nombramiento fue también un justo reconocimiento a la especificidad del archipiélago y a sus estrechos nexos geográficos, históricos, culturales y de sangre con esa región. Sin embargo, en los gobiernos siguientes las representaciones de Colombia en el Caribe se vieron reducidas por razones fiscales, pero, sobre todo, por la falta de una consistente política hacia el Gran Caribe.

La sugerencia de la Misión de Política Exterior sigue vigente. Si Colombia asume integralmente su condición de país caribe, tendría un espacio para una beneficiosa política exterior. La mayoría de los países del Gran Caribe, en especial los insulares, tienen carencias en sectores en los que Colombia tiene fortalezas. Y en la AEC, la fuerza cultural del Caribe colombiano puede ejercer un 'softpower' con ganancias para todos. En cambio, las discontinuidades, el clientelismo o la cara amarga de Colombia solo ratifican la desconfianza hacia el país. Por: SOCORRO RAMÍREZ

1 Comentarios :

Anónimo dijo...

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