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FUMAROLA

21 de mayo de 2010
Leyendo este articulo del maestro Alfredo Molano Bravo  recordé tantos fenómenos naturales que hemos vivido actualmente; pero de estas fumarolas que aparecieron en los cielos límpidos de la Sierra Nevada en su momento nadie dijo nada y la historia nos ha demostrado que ha sido la peor hecatombe. Del prender un porro hasta terminar en una guerra fratricida plagada de desplazamientos y asesinatos a tutiplén solo hubo ese dialectico acto del arma, enrolla, chupa y prende.

FUMAROLA. Volver a las andadas. Era un diciembre azul; había terminado sociología y tenía la sensación de entender todo. El tren —Expreso del sol— salía a las 6:00 a.m. y llegaba 18, 24, 36 horas después. En la Samaria vivía Pacho Correa, uno de los más destacados dirigentes de la FUN —para los estudiantes de hoy: Federación Universitaria Nacional— y con él nos trepamos a la Sierra, envuelta en mitos y nieblas.

Minca, claro, pero también Aracataca, Pueblo Bello, San Sebastián de Rábago, aún llamado así. El macizo era una colosal pirámide verde hecha de miles de pirámides verdes, cruzado por caminos de a pie. En San Pedro de la Sierra nos topamos con un grupo de muchachos monos —uno pelirrojo— que dormían en sleeping, comían cornflakes y no soltaban el repelente contra mosquitos —que los había—. Eran Peace Corps. Ingenuos, algo tronados, pero dóciles. Trabajaban en lo que los pusieran a hacer: barrer el puesto de salud, enseñar inglés, hacer una zanja, limpiar un potrero. Good boys.

A la tarde, sentados bajo un alero, liaban su pucho de marimba, aspiraban hondo ese humo espeso y dulzón, y navegaban. Flotaban. Se reían, se reían, y luego escarbaban ollas y olletas buscando arroz, yuca, malanga. Habían llegado a Colombia a cambio de no ir a Vietnam. Algunos habían sido activistas en California y conocían la revolución psicodélica que desató Timothy Leary, su lucha a favor de la marihuana y su apertura hacia Oriente, influencia ésta que en la Sierra encontraron en los hermanitos mayores, los arhuacos. En San Pedro, los Cuerpos de Paz encontraron la marimba que no habían ni soñado: moños resinosos que sudaban solos.

Nació en sus pulmones la Santa Marta Golden, la yerba más fina del mundo. Llegó a la Sierra en los años veinte en los bolsillos de los técnicos mexicanos traídos a la Zona Bananera por don Pepe Vives. La cultivaron algunos de los dirigentes sindicales perseguidos por el general Rengifo, después de la masacre de Ciénaga, y su mercado se reducía a la cárcel de las siete ventanas de Santa Marta y a los marineros de los barcos de la United Fruit Co.

Los Cuerpos de Paz eran pacíficos; la gente los quería más por su torpeza que por su utilidad. Y tenían amigos y familiares en EE.UU. Uno que otro había sido enviado a matar vietnamitas en el Mekong o a fumigar con agente naranja las montañas de Hue. Sabían también de drogas de guerra: cocaína, marihuana, morfina. El link no tardó en hacerse. Primero unas muestras por correo, después unas libras en equipaje y, por fin, un embarque en avionetas haciendo escalas en el Caribe. Más tarde en DC3, en barco mercante, en lanchas rápidas. La demanda crecía y crecía. Los cultivos también: la Sierra perdió 60 mil hectáreas de bosque primario. Los gringos encontraron pronto el aliado insuperable: la mafia del contrabando. El hambre con las ganas de comer.

Después de 40 años regresan a Colombia los Cuerpos de Paz. EE.UU. necesita mejorar su imagen entre la gente del pueblo a la que poco le gusta el acuerdo sobre las siete bases militares en el país —tan aplaudidas por el gobierno de Uribe como repudiadas por todos los vecinos—. La asociación es clara. Lo que falta por verse es si estas dos políticas se complementan y los gringuitos terminan haciendo la inteligencia civil que los comandantes de las bases requieren para sus operativos.

Otrosí: para impedir que sean secuestrados, cada voluntario tendrá que tener un par de escoltas, moverse en carro blindado y estar conectado a quién sabe qué red de comunicación. Así, la imagen de los norteamericanos no mejorará. Por Alfredo Molano Bravo

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