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Nuestro periodismo cumbanchero

18 de noviembre de 2008

Crónica escrita por Manuel Antonio Dueñas Peluffo, editada y publicada por www.bluemonkblog.net

Celebro el artículo que el periodista Ricardo Rodríguez Vives publicó hace unos días en el diario El Heraldo. Aunque está escrito con afán, y aunque Ricardo pudo y debió explayarse más a fondo, quizás como un reportaje de largo aliento —sí, sí, esas cosas que uno no le puede pedir a El Heraldo—, el texto es ejemplar por cumplir con la cuota básica del periodista que sale a la calle, encuentra su materia prima y de algún modo se relaciona con ella. El caso de Rodríguez es especial, claro, porque intenta desentrañar esas pequeñas realidades que no caben en la primera página.

El Heraldo es un diario particular, a veces inoperante, a veces profundamente inepto. La inoperancia y la ineptitud son las cualidades que le permiten no contribuir en nada a la creación o al desarrollo de una crítica cultural harto necesaria en la ciudad. En Barranquilla, pues, que es un pueblo con facciones urbanas. La ausencia de una crítica cultural nos hace defender lo indefendible, y nos acostumbra, nos hace espectadores de la mierda. En ese sentido, son más importantes los vuelos charter de Jorge Celedón que, pongamos, un concierto magistral de Bojan Z en el teatro: el primero a cuatro columnas, con la foto de su tropa ocupando toda la plana; el serbio-francés allí arriba, en la esquina superior izquierda, relegado a un pequeño recuadro.

¿Qué puede decir Rodríguez de ese puñado de jóvenes que aún en medio de la nada, sin el apoyo de nadie, intenta embarcarse en la creación de algo medianamente original? En menos, mucho menos de mil palabras, Rodríguez los describe con un optimismo ingenuo y ridículo, pero quizás entendible: parece saber que los grupos son efímeros, perecederos o —este es el mejor de los casos— ampliamente desconocidos por el público.
Pero no da en el clavo. Más allá de la calidad, que en algún caso podría estar probada, el periodista debería asumir otras preguntas. Por ejemplo, ¿tienen espacio este tipo de esfuerzos en la ciudad? Aún más, ¿tienen espacios donde tocar habitualmente?, ¿se podrá pensar en ellos dentro de cinco o diez años?, ¿alguno de ellos plantea búsquedas conceptuales a tener en cuenta?

En este punto, es inevitable pensar en el espectáculo desolador que el festival Barranquijazz propone con su Concurso de Grupos Locales, una paja mental que pretende demostrar el buen nivel del jazz —debo decir, latin jazz— que producen los jóvenes de Barranquilla. La última edición, por poner un ejemplo, fue decepcionante: dejar de lado a Káwara, una propuesta ligeramente madura, con búsquedas propias, para elegir como ganador a Cucurucho Atlantic Jazz Band, esto es, un circo rígido de refritos.

Pero las cosas van así: nadie dijo nada del disco de Daniel Moncada, así como nadie dice nada del disco de Bruno Böhmer, así como quizá nadie dirá nada del disco que la Orquesta del Carnaval presentará mañana en Bogotá, así como ningún periodista se reportará hoy por Tower Records para la presentación de 3/4 de Adrenalina, una de las bandas que Rodríguez reseñó con brevedad.

Quizá por eso no sea descabellado pensar que la música en Barranquilla es apenas un estado mental.

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